Domingo, 13 de febrero de 2005 | 08:05

¿Será Mahmoud Abbas un estadista?

Y es aquí dónde aparece el segundo elemento de optimismo que genera la actualidad, el talante del nuevo interlocutor. La hemeroteca podría situar Mahmoud Abbas ante algunas preguntas bastante antipáticas. Como todos los hombres de la zona, también Abbas presenta agujeros negros en su biografía.

por Pilar Rahola



'Di la verdad aunque sea amarga. Di la verdad incluso contra ti mismo'. Esta cita del propio Mahoma, que abre y cierra la primera novela de el escritor argentino Marcos Aguinis, “Refugiados: crónica de un palestino”, y que él mismo recordaba en un magnífico artículo sobre Mahmoud Abbas publicado en La Nación ha sido el lema más traicionado de toda la historia del conflicto àrabe-israelí. He escrito largo y tendido sobre el abuso periodístico que ha habido en la narración del conflicto, auténtica crónica antideontológica de distorsiones, mentiras y tergiversaciones informativas, hasta el punto de que, a menudo, los que conocemos algo el conflicto, hemos visualizado una auténtica reinvención de la historia. La falsedad histórica ha cuajado en el pensamiento colectivo, ha formado parte de la redacción periodística del mundo occidental y, sobre todo, está en la base de la cultura que el mundo árabe recibe de sus dirigentes, sus medios de comunicación y sus líderes.

De todos ellos, uno de los mentirosos más importantes que ha padecido la zona fue Yasser Arafat. Mintió a los palestinos, a los que condenó a una guerra sin tregua que nunca les llevó a ninguna parte. Mintió a los dirigentes internacionales, entre los cuales el mismo Clinton, que vio como la esperanza de Camp David era traicionada por el juego sucio del “rais”. Mintió a cada uno de los dirigentes israelíes que intentaron negociar en varios momentos de la historia, y así mantuvo intacta su aureola de resistente épico, subsanando su incpacidad así para ser un estadista. Y alimentando el victimismo primario, secuestró generaciones enteras de palestinos educándolos para la guerra y no para la paz. Su legado es desastroso y trágico. Los que hace años que hemos escrito que Arafat era parte del problema y no parte de la solución -en contra del pensamiento único occidental, que elevó Arafat a la categoría de mártir romántico-, tenemos ahora una cierta convicción de ser avalados por el momento presente. Todo lo que está ocurriendo en estos días, todo lo que dibuja un hilo de esperanza y permite esbozar una página nueva del conflicto, tiene que ver con la desaparición de Arafat. Y no sólo por el hecho que haya desaparecido el hombre, sino porque con el hombre ha desaparecido el tapón que obstruía otras vías, otros caminos y, por ende, otros interlocutores.

Y es aquí dónde aparece el segundo elemento de optimismo que genera la actualidad, el talante del nuevo interlocutor. La hemeroteca podría situar Mahmoud Abbas ante algunas preguntas bastante antipáticas. Como todos los hombres de la zona, también Abbas presenta agujeros negros en su biografía. Entre ellos, ni que decir tiene, la vergonzosa tesina negacionista del Holocausto que escribió. Pero a la vez también es cierto que ha sido un hombre sorprendente, capaz de militar en un pensamiento heterodoxo a menudo enfrentado al obligado pensamiento único palestino, lo cual le ha comportado evidentes riesgos físicos.

Históricamente, fue de los pocos líderes palestinos que siempre habló de la "culpa árabe" en la situación palestina, más allá del tradicional victimismo anti-israelí, y, desde la caída de las Torres Gemelas, ha mantenido una actitud rotunda contra la Intifada. Estoy en condiciones de afirmar que Abbas, que estuvo en los Estados Unidos en el momento preciso del atentado, llamó al “rais” aun con las Torres humeantes y le dijo que tenía que parar los ataques terroristas en aquel mismo instante. La respuesta del “rais”, con las decenas de muertes consiguientes, es desgraciadamente obvia.

Profundamente palestino, pero muy matizadamente anti-israelí, Mahmoud Abbas se presenta como uno de los pocos palestinos que quiere estructurar la identidad palestina desde la propia afirmación, y no en contraposición a la de los demás. Y ello es fundamental, porqué es evidente que el pueblo palestino no tendrá futuro hasta que no deje de odiar a sus vecinos. Más aún, no tendrá futuro hasta que no entienda que el único aliado que tienen en la zona se llama Israel. Falta aún por conocer si la vocación de Abbas es la del resistente o la del estadista, pero ha dado algunas señales inequívocas en el camino de la esperanza. Como mínimo, y esto ya es una gran noticia en la zona, Abbas no quiere seguir el camino de Arafat.

¿Esto significa que ya está, que hemos iniciado el camino de regreso a la negociación y a la cordura? Si todos los caminos de los conflictos son sinuosos y están llenos de trampas mortales, especialmente lo está el camino de la paz del Próximo Oriente. Lo que ha pasado en Sharm a Sheikh aún no representa un capítulo nuevo de la historia, ni mucho menos el último capítulo, pero representa un cambio de lenguaje que permite esperanzar un cambio de actitud. Es mucho más de lo que teníamos. A partir de aquí, cada cual deberá completar los pesados deberes que tiene en su interior. Sharon tendrá que controlar la disidencia de los sectores más irredentos y Mahmoud Abbas deberá conseguir lo que parece imposible: controlar el odio fanático y violento de Hamàs y la Yijad, los dos motivados, no por la idea constructiva de un Estado palestino, sino por la idea destructiva de la desaparición de Israel. Abbas se mueve por la vocación palestina que le ampara, Hamàs y compañía se mueven por el odio: el lenguaje común no resulta fácil. En coherencia, parece evidente que también existen unos deberes internacionales que hace falta cumplir si queremos ayudar al proceso de paz. Lo primero tiene que ver con los países que financian y sostienen el terror de los grupos violentos, Siria y e Irán especialmente. ¿Alguien conseguirá ponerlos firmes? Porque si Hamás no recibiera la ayuda multimilionària que recibe no tendría el potencial adquirido para fanatizar y matar... Hablamos de campos de entrenamiento, hablamos de escuelas, hablamos de colonias para niños, hablamos de bombas... El segundo deber tiene que ver con los medios de comunicación, que han alimentado de tal manera la criminalización de Israel y la victimitzación de los palestinos, que ahora deberán dar marcha atrás en lenguajes, distorsiones y maniqueísmos. Hará falta dejar de presentar a Sharon como un monstruo, no sea que la historia deje a algunos periódicos importantes literalmente con el culo al aire. El tercer deber es exclusivo de Jordania y Egipto, que deberán consolidar la prudente y inteligente política de aproximación a Israel que están llevando a término. Y, finalmente, haría falta que la ONU hiciera algún deber a favor de la paz, como, por ejemplo, dejar de estar secuestrada por el discurso arabista más anti-israelí. Pero, avalados por la experiencia, esta es una hipótesis de trabajo bastante impensable...

Sea cómo sea, hoy tenemos a Abbas y Sharon, dos hombres importantes enfrentados a la historia de sus pueblos. Se han dado la mano frágilmente, pero se la han dado. Es obligatorio reclamar que, a partir de ahora, estén a la altura del momento. Pero también es obligatorio reclamar que todos estemos a la altura, especialmente aquellos que, en aras de la solidaridad, justifican terrorismos, alimentan prejuicios y desinforman cuando dicen que nos informan. ¿La verdad? Dila aunque sea amarga...

www.pilarrahola.com

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